Escúchame…

A veces me pregunto cuántas veces lo he escuchado en mi cabeza, largas conversaciones, preguntas y titubeos.

¿Escuchar?, ¿A quién?, ¿Por qué?, desearía tener la respuesta a cada pregunta que mi mente elabora y cuya fuerza llega hasta los rincones más inhóspitos de mi ser. Mi alma y mi cuerpo también se permean de aquel hálito sediento por respuestas y exhausto de interrogantes.

Ahora, al reflexionar acerca de las voces que habitan en mi cabeza he podido identificar algunas, tal vez varias, muchas de ellas. Es increíble cómo en el mundo actual en el que la tecnología, el afán y lo express, no nos concede el tiempo necesario para interactuar con otros y sin embargo, han sido sus voces las que nos han seguido a donde quiera que conduzca el camino que hasta ahora hemos transitado. Apuesto que cuando estás esperando en la fila, la estación del autobús o incluso al acostarte a dormir existe un interminable diálogo en tu cabeza, ¿con quién?, muchas veces nos engañamos diciendo que somos nosotros mismos, y sin embargo, la mayor mentira en nuestra cabeza ha escondido las voces que hemos escuchado a lo largo de nuestras vidas, voces llenas de cargas, heridas, envidias, frustraciones, dolores y melancolías.

Por cierto, no todas ellas son así, es solo que esta noche frente a mi computadora solo puedo pensar en aquellas voces que he cargado sobre mis espaldas, aquellas que han rotulado mi mente obligándome a quererme menos de lo que en realidad… debía amarme. Ahora, al hablar de preguntas y conversaciones, me pregunto si tu también te has preguntado esto mismo. (risas…)

Me pregunto si te levantas cada día con un motivo…

Encontrar mi verdadera voz no ha sido sencillo, el camino es pedregoso y lleno de espinas pero te confieso que lo más complicado del proceso ha sido soportar el dolor. Incontables veces me rendí y dejé de luchar, y sin embargo, aquel eco que provenía de mi interior jamás se desanimó. Soportar el dolor, mi amigo, mi amiga, es la clave para dejar atrás los susurros engañosos y hallar lo fáctico de lo místico que posee tu propia voz: ¡Tú!, sí, aquel, ese mismo. ¡Sí!, tú, el verdadero, la verdadera.

Si pudieras escucharme, te encontrarías con el sonido de mi risa al intentar imaginar en este momento tu rostro de sorpresa y confusión. Sé muy bien que lo que he escrito no tiene sentido para tu cabeza, sin embargo, te aseguro que lo tiene para el universo.

Explicar la diferentes voces que he hallado en el proceso en un corto escrito, sería una gran proeza de mi parte. Sin embargo, en esta ocasión escribiré sobre aquellas voces que me llevaron a quererme para finalmente odiar el reflejo del espejo. Este tipo de voces son realmente sutiles, pues provienen de las personas más amadas e importantes en nuestras vidas, aquellas a quienes les hemos concedido el acceso directo a nuestra alma. Sí, son nuestros seres más queridos, quienes nos causan las heridas más difíciles de sanar y sin embargo, por absurdo que parezca, todo ello tiene sentido.

Aquellos susurros evocan tal dolor, que frente a ello tan solo existen dos caminos, consumirnos hasta caer en cenizas o caer de rodillas para entonces levantarnos conmás ahínco y ánimo, pero sobre todo con menos cariño hacia nosotros mismos dispuestos a amarnos a pesar de nuestra imperfección. Al intentar socavar en mis recuerdos, me encuentro con diferentes experiencias desde la niñez hasta llegar a la madurez, entonces recorro un pequeño sendero que me lleva al rótulo que alguna vez alguien implantó: “Si tuvieras más experiencia”, “Si fueras diferente”, “Si tan solo…”. Sé muy bien que no he sido la primera en escuchartales afirmaciones y como todos los demás los creí. Desde entonces desee menos de mí, claro que quería a la persona que era en aquel entonces, pero no la amaba.

Me decía una y mil veces: “Si tan solo fueras menos de ti, entonces…” ¿Te habrían dado tal trabajo?, ¿Te habrían escogido como líder de equipo?, ¿Te habrían aumentado el sueldo?, ¿Te habrían amado?, ¿Habrían permanecido a tu lado?. Te das cuenta con cuántas voces lidiaba en mi andar, no eran mías, no me pertenecían y sin embargo, las creía. De pronto, un día me miré al espejo y deseando ser menos yo me encontré odiando más de mí. Una y otra vez aquellas voces gritaban: ¡Escucha!, ¡Escúchame con atención!, simplemente no eres suficiente, tan solo basta con menos de tí.

¿Qué pasó entonces para desear más de mí?, bueno anhelo con gran emoción contártelo en un próximo episodio. ¿Te he dicho que en el mundo actual el afán poco nos permite interactuar no solo con otros sino también con nosotros mismos?, no deseo tomar más de tu tiempo y sin embargo te estaré esperando en un próximo encuentro.

Dulce Voz.

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